La pandemia del COVID 19 ha puesto a prueba el ecosistema humano en la Tierra.

Los modelos de simulación de sistemas complejos han sido validados internacionalmente gracias a su uso por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático y conocidos por todos, durante la Pandemia del COVID 19, al pronosticar los ritmos de contagio, los riesgos de colapso en los servicios de salud y proponer soluciones de distanciamiento social para aplanar la famosa curva de infección.

Hemos comprobado que los sistemas de protección social conservan una estructura diseñada para sociedades industriales pretéritas y deben adaptarse a un nuevo escenario. La sostenibilidad se debilita por falta de eficiencia en la detección de amenazas, estados iniciales de conflicto o malestar, por lo que el sistema no puede prevenir ni protegerse y prevalece una Conciencia Social Inducida por relatos creados para el consumo público, con gran presencia de ruido emocional y toxicidad informativa ante la falta de contraste científico.

Convivimos en una sociedad que antes de la llegada del virus ya albergaba en su seno una Pandemia Interior, un déficit patológico de empatía sistémica, una insensibilización al drama de la pobreza infantil, los sin techo, la violencia de género, el abandono, la soledad no deseada, las adicciones y otros síntomas del deterioro social, producidos por la desigualdad, la violencia y la exclusión.

Este trauma interior se agudiza con el impacto de cada amenaza, fragmenta el sistema de interacción social e interfiere con la cooperación, el cuidado y la capacidad de funcionar como miembros productivos del clan. La desigualdad es a la emergencia social, lo que la contaminación a la emergencia climática, o un nuevo virus a la emergencia sanitaria.

Una vez que el virus alcanzó cada país, la ciencia y la tecnología se abrió paso (según la apertura de sus gobernantes) y ofreció mensajes racionales, claros y objetivos. Esta información útil mejoró nuestra brújula interna y pudimos establecer metas comunes que elevaron nuestra empatía y nuestra resiliencia comunitaria.

Mas que nunca, es necesario arrancar una era de especialización y aplicación de disciplinas de Diseño Social.

Necesitamos promover la formación, especialización y puesta en práctica del pensamiento sistémico y la gestión del cambio con ciencia y tecnologías adaptadas que han demostrado su utilidad en entornos y sistemas de alta complejidad. Desarrollar su uso para generar gemelos digitales de sistemas sociales y construir laboratorios sociales digitales es posible.  Hacerlo nos permitirá poner el centro de interés en las personas y sus relaciones, visibilizar lo oculto de los dramas sociales y transformar la complejidad social en información útil para anticipar los riesgos, practicar el autoconocimiento, elevar la conciencia social y alumbrar una sociedad inteligente.

La humanidad en su conjunto, desde el individuo a los organismos supranacionales, debe revisar la visión de si misma y de su entorno, reformular su misión y adoptar un paradigma de pensamiento, de gobernanza y de acción basado en el diseño y creación de comunidades humanas inclusivas, con cualidades resilientes ante los riesgos globales y transformadoras ante la pandemia interior producida por la desigualdad.

“Durante el siglo XX, la frontera del avance humano ha sido la exploración de la ciencia y  la tecnología. Creo que ahora nos estamos embarcando en la próxima gran frontera, que conducirá a una comprensión mucho mejor de los sistemas sociales y económicos: El diseño de sistemas sociales” (Jay Forrester – Sevilla, 1998)

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